Roberto Rodríguez, un palmero de raíz – Por Antonio Castro Cordobez

Fue un palmero en la más pura extensión del término y a la vez, un ciudadano del mundo, un hombre culto y cordial, apoyado en una sólida formación universitaria y profesional, que dominaba con criterio tanto los idiomas europeos como las tradiciones de su tierra natal, Las Tricias en Garafía y las de todas las esquinas de Canarias.

En su condición de jefe de Relaciones Institucionales y Públicas de Iberia, ejerció como embajador de La Palma, atendiendo las múltiples exigencias de la compañía de bandera con extraordinaria solvencia y eficacia, siempre con cortesía y amabilidad para todos.

En paralelo cultivó, con extraordinaria brillantez, sus aptitudes artísticas, fue tan buen pintor como cineasta. En ambas facetas manifestó los valores y tradiciones de Canarias, o nos trajo curiosos testimonios de los lugares más exóticos del mundo que recorrió, con la curiosidad del viajero culto, desde su juventud.

Respondió siempre a las llamadas y necesidades de La Palma y de los palmeros y residentes. Durante gran parte de su vida en Tenerife, fue un vecino ejemplar, que presidió con eficacia la apertura de sociedades de tanto prestigio como el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife.

Dejó a nuestra isla de La Palma una espléndida colección de obras de arte, y a quienes le conocimos, su bonhomía, el recuerdo de un caballero, como el de muchos canarios que aplicaron su inteligencia e ilusión, en hacer unas islas mejores, más unidas y con mayor vocación de futuro.

En la hora de la partida es cuando echamos en falta las virtudes de personas como Roberto Rodríguez, valores de canarios que hacen más grata y útil la empresa de convertir nuestras islas en una tierra unida, justa y culta y por encima de todo, solidaria.

Que descanse en paz y perdure su memoria.