Las promesas que no volverán – Por David Sanz

Atrás quedaron los tiempos en que la visita de un consejero del Gobierno de Canarias (por no hablar de un ministro) era una constante lluvia de promesas en forma de millones que iban a invertir en La Palma en un plazo determinado que nunca se cumplía. Todavía recuerdo aquella comparecencia de José Carlos Maurico, en los tiempos que fue consejero de Economía y Hacienda del Ejecutivo autonómico, que prometía una lluvia de millones, entre inversión pública y privada, que hacía temblar los paneles de la bolsa de Nueva York. Y recuerdo este caso porque el político grancanario dominaba tan bien la oratoria que daba gusto dejarse engañar. No había nada que se resistiese a unos presupuestos tan flexibles en el ámbito de la voluntad como estrechos en su concreción para los márgenes de la ultraperiferia canaria. Cualquier inversión parecía que era factible con el solo hecho de pronunciarla, aunque se fuera a perder en el país de nunca jamás. Era como un prodigio, como un acto de magia. La política consiste en el arte de persuadir con la palabra, pero cuando llega el hambre no obra el milagro de los panes y los peces. Estoy convencido de que no mentían cuando decían que iban a construir un centro de salud en Santa Cruz de La Palma; otro comarcal en Los Llanos de Aridane; la presa de La Viña (mira que le dieron vueltas a ese proyecto, que aguantó más litros de tinta que agua corre por la Caldera), o un nuevo cuartel para la Guardia Civil, por citar solo algunos ejemplos. Creo que formaba parte de una especie de ritual, donde no se podía decir no a casi nada, sino darle plazos, alargando el chicle hasta el infinito. En ese ritual también los medios de comunicación estábamos abducidos y digeríamos sin espíritu crítico cuantas promesas brotaban en el debate público. Entonces, cuando éramos pobres y no lo sabíamos, las promesas políticas eran una especie de elixir que confundía el presente con el futuro. Cuando nos dimos cuenta de lo pobre que éramos, el presente se mostró con toda su descarnada realidad. La crisis acabó con ese poder. La verdad es que ya no vienen a La Palma los representantes públicos con grandes y sonoras inversiones para la Isla. Nadie se atreve a pronosticar una fecha para iniciar o acabar tal o cual obra, no vaya a ser que haya que recortar los presupuestos. Ahora se habla más de ordenar el territorio que de intervenir sobre él. Esto ya no es ¡Bienvenido, Míster Marshall!. Ahora tienen que ingeniárselas para decir que no hay dinero para esto o para aquello, como le tocó recientemente al consejero de Justicia del Gobierno canario, Aarón Afonso, que reconoció que no estaba en las previsiones del Ejecutivo hacer un nuevo edificio judicial, después de las promesas incumplidas de algunos de sus predecesores en el cargo. “No debemos levantar falsas expectativas”, dijo. En otro tiempo, quizá, se habría comprometido para tres años. Es bueno que la crisis haya desterrado en buena parte las falsas expectativas del lenguaje político. Lo malo es que ha borrado todas las expectativas.