A Luis Cobiella Cuevas – Por Miguel González Santos

Querido Luis,
lamento no habértelo podido decir personalmente.                            Aunque con tardanza, necesito expresártelo, ahora que  sigue viva y seguirá, por siempre, tu presencia.

Te admiro, te quiero y  siento el respeto y desconsuelo de no poder soñar alcanzar tu misma altura.

Eres orgullo de todos los palmeros. Nadie como tú ha dignificado tanto nuestra isla, en lo que alcanza mi reciente memoria. Con solo seguir tu ejemplo, nos has colocado muy alto el listón de la tarea.

Te sobran, de seguro, los halagos que, torpemente, pudiera yo expresarte en este instante. Los han prodigado muy brillantemente en estos días. Poco podría hacer yo para rendir más honor a tu memoria.

Tu discreto silencio será mi guía para intentar emular tu sabiduría y tu grandeza. Pero, la nobleza, no se alcanza por imitación solamente. Tendré que trabajarla día a día, con la muestra que nos has dejado en tu existencia.

La huella de tu cansado corazón marcó, pausadamente, el ritmo de tanto amor incontenido. En tal medida, que no fuiste capaz de soportar la espera de tu ansiada humanidad redimida.

Se nos ha escapado entre las manos, antes de que se cerraran tus ojos para verla.

Pero tú, admirado profesor, nos has  encomendado ese test evaluatorio.  No podremos defraudarte en intentarlo nuevamente. Nos lo has demandado para este tiempo de recreo, que más que de asueto o de descanso, es de re-creo: de recreer y recrear. De no perder la fe que tantas veces pusiste en los labios de los devotos en los “Carros a María”. La nívea portadora de la luz a la que tanto cantaste y rogaste para  que nos iluminara en el camino.

Lo llevaremos a cabo con la ayuda de Concha, tu amantísima y amadísima esposa; a la que le otorgaste en vida el relevo de tu antorcha. Mi adhesión y amor a ella, a tus nietos e hijas. Juntos todos, pondremos tu nombre a nuestra nueva aula de la paz, en tu memoria.

Hasta siempre, querido profesor y Maestro.
P.D.- Al viento de tu hoja.
Elegía por la hoja de un árbol,  de Luis Cobiella Cuevas.

Hasta entregarla al viento, el árbol sólo fue, sólo Pensó ser hoja. Se era hoja desde la oscuridad, pequeño. Ser hoja era la cifra de su alma.

Día a día sorbió los minerales, año a año creció para llegar a ese trémulo linde tierno, pendiente de un levísimo tallo, fabricado con el agua más blanda y el verde más ingrave  y transparente.

El árbol se hace hoja, y en esa pequeñez quiere meterse como un niño pequeño enamorado se condensa y se da en una palabra.

Cada aleteo brusco, cada ráfaga gris, cada cristal redondo llorando desde el cielo, le traen al árbol, a la hoja, la inminencia feliz de su destino.

Fue aquel viento elegido. Alada rechazó solicitudes anteriores de otros vientos tan fuertes; éste, supo la hoja, el árbol, que era el Viento, el viento suyo, aquél a quien iba a entregarse.

Ese viento ¿nació para buscar la hoja de aquel árbol? Desde remotos, grises remolinos ¿suspiraba ese viento por la hoja elegida de aquel árbol?

Corrió tantos caminos, unas veces derecho como flecha, otras veces en torno como tromba, buscándola y buscándola, a la hoja, a ella sola, de aquel árbol?

Todo viento que pasa grita un nombre.                                                      Toda hoja prendida espera un viento.                                                           Por eso soy feliz en el otoño mientras miro volar, contra los grises fríos de un cielo próximo, las hojas arrancadas.